Solemos pensar en la Ciencia como una actividad honesta y honorable. Las afirmaciones científicas han de ser necesariamente creíbles y ciertas, puesto que son inexcusablemente sometidas al más imparcial e infalible de los jueces: el contraste con la realidad. Sin embargo, los científicos son humanos, y muchas veces cometen fallos. Los expertos pueden ser tanto víctimas como culpables de engaños, ideados por diferentes razones, algunas de ellas malintencionadas.

Algunas de las actividades de la Ciencia pueden llegar a ser bastante lucrativas, y allí donde haya negocio, pueden aparecer los oportunistas sin escrúpulos, dispuestos a hacer dinero fácil empleando el engaño y la estafa. La Ciencia no es, ni mucho menos, inmune a estos timadores y, de hecho, según han constatado algunos estudiosos del tema, como el ilusionista profesional James Randi, engañar a un científico puede llegar a ser incluso más fácil que a cualquier otra persona, si es que el científico es lo suficientemente presuntuoso como para pensar que nadie podría atreverse a intentar embaucarle en su propio terreno. Otras veces son los mismos científicos los que engañan, deseosos de alcanzar rápidamente fama y reconocimiento, o arrastrados por un exceso de confianza en la validez de sus teorías, hasta el punto de inventar resultados experimentales que las avalen, sin duda pensando que el fraude jamás llegará a descubrirse. La siguiente página describe tres de estos fraudes científicos:
http://www.cienciadigital.es/hemeroteca/reportaje.php?id=54

Autor: Owen Wangensteen